Juzgar

Supe de un rey que tenía una cama de metal. A todo aquel que quería entrevistarse con él, lo manda acostarse en su cama metálica. Si la persona era más larga que la cama, unos siervos venían, y con una espada le cortaban los pies que salían de la cama. Pero si la persona era menos larga que la cama, entonces los siervos venías, y unos por un lado y otros por el otro, la estiraban, hasta diera el tamaño del largo de la cama.

Supe de un rey que tenía una cama de metal. A todo aquel  que quería entrevistarse con él, lo manda acostarse en su cama metálica. Si la persona era más larga que la cama, unos siervos venían,  y con una espada le cortaban los pies que salían de la cama. Pero si la persona era menos larga que la cama, entonces los siervos venías, y unos por un lado y otros por el otro, la estiraban, hasta diera el tamaño del largo de la cama.

Parece que todos de una forma o de otra,  tenemos también nuestra cama de metal. La gente que trata con nosotros tiene que ajustarse a su medida. Eso sucede cuando somos sabios en nuestra propia opinión. De ahí que se nos pida:   “No seas sabio en tu propia opinión…”.  El creernos sabios en nuestra propia opinión nos lleva a tener muchas veces nuestros instrumentos de tortura. Es decir,  si alguien es diferente, somos dados a condenarlo.

Muchas veces fabricamos nuestro sillón de jueces, con la piel de los demás.  El fariseo lo hace: trata mal a Jesús: 1. No lava sus pies cuando entra (v. 44). 2.  No le da un beso para saludarlo (v. 45). 3. No lo unge con aceite (v. 46).  El fariseo juzga mal a Jesús: «Si este hombre es un profeta, que no lo es, sabría quién lo toca, pero no lo sabe».  Juzgamos en lo que no estamos expuestos. Lo que la gente que ha fracasado necesita no es una condena, sino una nueva oportunidad. Somos parciales con nuestro juicio: Traen a la adultera ante Jesús, pero se les olvida el adúltero:  “…le trajeron una mujer sorprendida en adulterio…” (Juan 8.3). Desechemos de nuestra vida la cama metálica para ajustar a los demás.  Si juzgamos a los demás, no tenemos tiempo para amarlos.

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